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Sobre mi

 

Cuando era un niña, antes de aprender a escribir, era un gran placer para mí apoyar la punta bien afilada de un lápiz sobre la superficie de una buena pila de papel amarillo claro. Dibujaba princesas con gorros de plumas y largos vestidos con sus faldas extendidas sobre la hierba. Tal placer continuó en la escuela, donde hacía dibujos sobre los cuadernos, los libros o la pizarra, aparte de los que me mandaban los profesores ya fueran míos o para mis compañeros. No me sorprende que nadie me preguntara qué iba a ser de mayor.

»Supongo que para mí pintar era ya entonces una forma de estar en la vida, de atrapar la vida que se me otorgaba para contar lo que veía, y contármelo a mí misma.

»Princesas con largos vestidos, casas de mi pueblo, gatos, flores en sus jarrones, mujeres tendiendo la ropa al sol, los rostros de mis padres y hermanas: todo lo que me parecía hermoso, y todo me lo parecía. Llegué a descubrir a través de los años y de mis estudios lo interesante, difícil e inquietante que pueden ser algunas miradas o actitudes, y cuánto disfrutaba intentando buscar el secreto de cómo expresar aquello.

 

»Sigo en ello y prácticamente de la misma manera. No puedo pasar sin las formas tal como las reconozco. Mucha gente piensa que los pinceles y los lienzos son ya historia y que representar un retrato o un paisaje resulta una repetición innecesaria y aburrida. Necesito analizar cómo está construido el objeto que tengo delante, qué tengo que escoger y qué rechazar para captarlo, recrearlo y otorgarle una nueva clase de vida en mi mente así como en el lienzo.

»Ya no se pintan heroicas batallas ni magníficas escenas religiosas. Tal vez la sociedad ya no las necesita, y los pintores en general se dedican más a temas y maneras subjetivas, según la filosofía o tendencias del momento actual, como suele decirse. El mío es un momento y un mundo intencionadamente simple, casero si se quiere. Las grandes tendencias políticas y filosóficas del siglo son demasiado trágicas y demasiado lejanas para mí y no me considero capaz de referirme a ellas sin acusarme a mí misma de ser esnob y retórica. Intento pintar lo que conozco mejor y aún así se me escapa. Mis figuras y flores sencillamente están tal vez mirando o disfrutando, igual que yo, un momento único, o tal vez esperando que el mundo sea al fin más bello.

 

»Disfruto escuchando música mientras pinto de tal modo que una cosa lleva a la otra, hasta el punto de que, a veces, las notas de una determinada partitura determinan que las pinceladas sean más o menos gruesas, nerviosas o precisas, que sientan gozo o impaciencia. Pero el sentimiento de una nota musical convirtiéndose en una pincelada, de la pintura y la vida convirtiéndose en la misma cosa, contrasta con la noción de que la pintura tiene sus propias reglas. Hay una superficie material que reposa en el caballete, y debo llenarla con la ilusión de un espacio, una atmósfera y volúmenes que quieren parecerse a  la vida.

»Para lograr esto confío en la relación íntima entre mis ojos y mi mano, y el resultado es un trazo muy directo, lo más espontáneo posible, de manera que para mí las reglas se reducen a lo más básico: el lienzo, los pinceles, el color sobre la paleta. El color siempre debe ser claramente identificable, limpio, recién salido del tubo en pequeñas dosis para ser renovado rápidamente de modo que la mezcla se pueda hacer con la máxima precisión y frescura, porque si no me equivoco se transformará en, por ejemplo, un pétalo de rosa.

»Puedo hacer un boceto que me permita adueñarme un poco del espacio en blanco, pero lo que me gusta más es empezar con una sola pincelada, la primera y la que va a significar todo el resultado. Dónde ponerla es importante porque ya divide el lienzo y me organiza el espacio. El primer trazo, la primera mancha, tiene que ser la única, tiene que estar ya viva; me obliga a no dudar. A partir de ahí debo guardar un continuo equilibrio de luchas: lo que yo quiero y lo que la imagen que aparece en el lienzo quiere. Es todo un diálogo entre el lienzo y cómo las manchas –primero en ocre o siena claros, nada intensos– avanzan y se esparcen, un diálogo que predice lo que la pintura va a hacer. La mano, la muñeca, deben saber exactamente lo que tengo en la cabeza. La pintura tiene que ser lo que yo quiero que sea. Pero no es fácil. Me ayuda un poco de sabiduría, un poco de oficio, un poco de magia; muchas horas de pie; y muchos fantásticos pinceles nuevos que transportan el color como si lo acariciaran. Encontrar el tono de sombra exacto para conseguir un rostro con un pendiente azul en la oreja derecha es una de mis preocupaciones fundamentales, pero todo irá bien si lo hago de primera intención porque necesito que esta y el resultado final sean la misma cosa. No debe haber necesidad alguna de contestar la pregunta porque la respuesta va incluida. Lo que veo es lo que siento y lo que siento es lo que pinto.

 

»No me interesa mucho decirlo todo con todas las posibilidades, agotar la intensidad de una composición determinada. ¿Cuándo está terminado un cuadro? El auténtico motivo detrás de mi pintura es mi forma de ver las cosas. Quiero decir, o insinuar, o sugerir que solo observo las cosas con admiración y respeto y que tal vez una emoción que me gustaría comunicar al espectador logrará salir del color y la forma.

»De todos modos, todo esto no es algo en lo que esté pensando cuando pinto. Entonces no pienso, solo miro. Me alejo del caballete de vez en cuando para ver que no he pintado un brazo demasiado largo o una cabeza demasiado pequeña. Voy equilibrando volúmenes y espacios de esta forma. A veces es una cuestión de añadir o quitar. No hay líneas, hay manchas. No hay espacios definidos o contorneados, sino manchas ligadas una a la otra de tal manera que algo no se puede representar por sí mismo sino que emerge al pintar lo que tiene alrededor.»